Por qué necesitamos una etapa de Infantil hasta los 7 (I)

María Pérez

(Una versión anterior de este artículo fue publicada bajo el título “Por qué aprender a leer en Infantil nos está jodiendo como sociedad”).

Tenía pendiente reescribir este texto desde hace meses – no poca gente me ha escrito para preguntarme por él –, esto es lo que tengo que decir: no escribas nunca un artículo con buena evidencia que lo respalda en un momento de indignación, porque escribirás de forma tajante y pondrás un título tendencioso. Y después de pelearte durante una semana con gente en los comentarios, tendrás que reconocer que llevan razón y tú no… y, entonces, tendrás que reescribirlo. Así que aquí voy otra vez, pero esta vez voy con calma (me tendrías que ver aquí al lado del río, esperando que se me active el lado zen).

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Enseñar a leer en Infantil, de la forma que enseñamos todo – con su programa, sus actividades, repetición y evaluación –, nos está jodiendo como sociedad…. pero no es lo único. El tipo de apego que establecemos con nuestros padres tiene un papel fundamental en el futuro que nos espera – no, no es lo mismo un apego seguro que inseguro –. Y luego está el tema de los traumas en la infancia y cómo afectan al desarrollo – algún día no muy lejano escribiré sobre esto –. Eso sin olvidarme de la alimentación, que como empiece no acabo… pero lo del aprendizaje formal de la lectoescritura también lo está haciendo.

No es sólo la enseñanza formal, claro. Es el hecho de que esas clases han ido desplazando el recurso educativo más importante que existe: el juego – Google se lo pide como recurso empresarial, pero ya sabemos que la mayoría de la gente prefiere creer que la política laboral de Google son los padres… que no es real, vaya –. Probablemente a ti no te hace gracia leerlo, pero para ser honesta, a mí no me hace gracia escribirlo. Porque, claro, una está aquí haciendo una defensa seria y científica del aprendizaje y el desarrollo, e incluir la palabra ‘juego’  le quita toda la credibilidad… parece que te retrata automáticamente en la posición de “blandengue sobre unicornio en el país de la gominola”.

Pues mira, no (‘Mi pequeño pony’ para ti, que yo era más de ‘Capitán Planeta’). Hay razones importantes para que escriba que tiene que durar hasta los 7 años – además de volver al juego y al exterior –. Tantas, que ya no me caben en un solo artículo… Así que aquí van los primeros cuatro campos que se ven afectados por este inicio temprano:

  1. Resultados académicos
  2. Autorregulación y TDAH
  3. Inversión económica y empleabilidad
  4. Impacto a lo largo de la vida

Ahora sí, voy a darle razones a los que vendrán a enfrentarme en los comentarios… ¡que comiencen los septuagésimo séptimos Juegos del Hambre!

1. Resultados académicos

Empecemos por la conclusión más obvia: si aprenden antes la mecánica de la lectura, podrán tener acceso a cualquier tipo de información y adelantar a los niños que hayan empezado más tarde, ¿no? ¡¿NO?!

En primer lugar, me gustaría aclarar que esta mentalidad es la que ha llevado a americanos e ingleses a introducir las pruebas estandarizadas sistemáticas – y, ojo, que esto está ya mismo aquí, como Halloween… me entenderás si leíste las propuestas educativas de las pasadas elecciones –. El planteamiento es: si tienes que pasar un test, lo mejor será ensayar ese test una vez y otra y otra… hasta que salga perfecto, ¿no? ¡¿NO?!

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Pues va a ser que NO.

Carlsson-Paige, McLaughlin y Almon mostraron que los niños que ‘entrenan’ para superar una determinada prueba, a corto plazo puntúan por encima de los que no lo han hecho – como era de esperar –; pero esa ventaja inicial desaparece entre uno y tres años después, y en algunos casos la tendencia incluso se invierte – es decir, que los que no ‘entrenaron’ obtuvieron mejores resultados al cabo de un tiempo.

Dos estudios más relacionados con pruebas estandarizadas (una sobre cociente intelectual) están descritos en este artículo.

¡Más! Marcon siguió a 343 estudiantes afroamericanos en situación de pobreza elevada, algunos asistían a escuelas de infantil centradas en un estilo académico, mientras que los demás iban a otras basadas en el juego. Los primeros sobrepasaron a los segundos cuando llegaron a primaria – obviamente, los que jugaban tenían que aprender todavía a leer –, pero cuando ambos grupos alcanzaron el equivalente a 4º de Primaria, los que habían jugado durante la etapa de infantil decidieron darle la vuelta a los números y empezaron a sacar notas significativamente más altas.

¿Nos vamos de visita a Alemania? Es 1970 y el mismo gobierno alemán financia un estudio comparativo mientras está cambiando el sistema de educación infantil hacia un modelo más académico. Una vez más, comparan alumnos de escuelas con educación directiva con otros de escuelas basadas en el juego. Los del sistema formal de educación, una vez más, superan a los del juego; hasta que en 4º de Primaria…  – ¿lo adivinas? – los que jugaron superaron a los otros en todos los marcadores evaluados – y no eran sólo marcadores académicos –. ¿Y qué crees que hace Alemania? Pues lo que haría cualquier país con dos dedos de frente que quiere lo mejor para su futuro: hacer caso a la evidencia. Así que frenó la reforma, y volvió a los kindergarten basados en el juego (y es obvio que le va mucho peor que a nosotros…).

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¡Le toca el turno a Nueva Zelanda! Este es uno de mis estudios preferidos, porque lo usa David Whitebread de la Universidad de Cambridge en un artículo en el que explica precisamente lo que yo intento explicar aquí – y hay que tenerlos muy cuadrados para cuestionar la calidad de la evidencia que se publica en la web de la Universidad de Cambridge –. Una vez más, dos grupos: uno empieza el aprendizaje formal de la lectoescritura a los 5 años, el otro a los 7. Al llegar a los 11 años, no hay diferencia en la capacidad mecánica lectora – lo que significa que los del segundo grupo alcanzaron el nivel de los del primero –, pero es que además, los que empezaron a leer antes desarrollaron actitudes menos positivas hacia la lectura y demostraron una comprensión lectora más pobre.

Y, luego está PISA, claro – aunque me odiéis –; y el hecho de que los tres países que mejor califican en el ranking europeo (Finlanda, Estonia y Suiza) empiezan la educación formal a los 7.

2. Autorregulación y TDAH

La autorregulación es una capacidad lo suficientemente importante para que la Universidad de Harvard la mencione de forma normal cuando está hablando de desarrollo infantil pero, irónicamente, suena como algo alternativo en nuestro país (igual que el tema del apego). La autorregulación es esa capacidad de reconocer qué está pasando dentro de nosotros y modificar nuestra conducta para asegurar nuestro bienestar. El proceso de parar lo que estamos haciendo y reevaluarlo es una acción de la función ejecutiva.

Gracias a la función ejecutiva podemos dejar de correr como locos para que no nos dé un ataque al corazón, podemos reconocer que estamos durmiendo demasiado y podemos valorar si estamos comiendo lo necesario. Esto nos permite conocernos y autorregularnos, y lo que nos tienes que quedar claro es que la autorregulación no se enseña. Sólo el propio individuo puede desarrollarla y para eso tiene que escucharse a sí mismo y a nadie más. Y esto nos interesa, porque dentro de nuestra reflexión “juego libre vs actividades programadas”, el departamento de Psicología y Neurociencia de la Universidad de Colorado nos cuenta que en su estudio sobre el tema descubrió que mientras más tiempo pasaban los niños en actividades poco estructuradas, mejor era su función ejecutiva auto dirigida. También comprobaron lo contrario de esta hipótesis: los niños que pasaban más tiempo en actividades estructuradas – estructuradas por adultos, se entiende – tenían peor función ejecutiva auto dirigida.

La función ejecutiva tiene un papel muy importante en el TDAH, ya que es la encargada de controlar los impulsos… De hecho, recientemente, investigadores de Taiwan realizaron un estudio en el que revisaban los expedientes de 400.000 niños – que se dice pronto – de entre 4 y 17 años diagnosticados con TDAH y advirtieron que se estaba diagnosticando a niños que, en realidad, sólo presentaban inmadurez en el desarrollo. ¿Cómo lo supieron? Simplemente mirando el mes de nacimiento… Sí, te lo voy a explicar con los meses adaptados a nuestro sistema educativo para que lo entiendas: los niños nacidos en diciembre tenían muchas más posibilidades de ser diagnosticados con TDAH que los nacidos en enero…

Pero ése no ha sido el único titular que ha venido a relacionar el TDAH con el momento de inicio del colegio. Para chulo, chulo, El regalo del tiempo, estudio financiado por el Departamento Nacional de Investigación Económica (otra vez: de Investigación Económica) de EEUU en el que unos investigadores muy valientes de Standford se fueron a revisar los resultados de una encuesta del Servicio de Salud Mental de Dinamarca – hay que ser muy valiente para ir de EEUU a un país nórdico a ver qué puedes aprender de ellos, porque si te descuidas… ¡no vuelves! –. Revisaron casi 36000 encuestas a padres y… ¿qué se encuentran? Pues que si los niños en lugar de empezar el colegio a los 6 – que es cuando se empieza allí normalmente –, lo hacen a los 7, el diagnóstico de TDAH desciende un 73%. ¡73%!

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Yo no es por nada pero, ¿alguien se ha planteado alguna vez la posibilidad de estudiar la escuela como fuente de epidemia y comorbilidad en la actualidad? Porque ya va tocando… (más información sobre TDAH y alternativas al tratamiento farmacológico aquí).

3. Inversión económica y empleabilidad

Particularmente fascinante es la vertiente económica de este asunto. Sabemos que invertir en infancia es rentable y así podemos resumir los hallazgos de Heckman – premio Nobel de Economía – en este ámbito:

“El análisis del profesor Heckman con respecto al programa preescolar Perry muestra una rentabilidad anual del 7-10% basada en el rendimiento académico y profesional, así como en los costes de educación compensatoria, salud y gastos del sistema de justicia penal. Es muy probable que muchos otros programas para la primera infancia sean igualmente eficaces”.

Y cuando nos centramos en el tipo de educación a la que se refiere, la respuesta es clara:

“En conjunto, las habilidades cognitivas y personales determinan el éxito en lo educativo, profesional y en la vida, aunque a menudo el desarrollo de las habilidades personales es el factor más importante”.

Pero Heckman no es el único preocupado por la economía aquí. La universidad de Columbia analizó los resultados económicos de invertir en programas de educación social y emocional en las escuelas – que, en caso de dificultad con los números, significa reducir horas de aprendizaje formal… es decir, de asignaturas –; y encontraron que por cada dólar invertido en desarrollar otras capacidades no intelectuales, se recuperaron 11 dólares. Y eso sólo de los beneficios cuantificables, porque ellos mismos reconocen que hay muchos otros posibles beneficios difíciles de cuantificar… como la reducción de agresiones infantiles, de consumo de drogas, de delincuencia y violencia o menores niveles de depresión y ansiedad. También mejoraron la asistencia a clase y las notas (ahora que nadie estaba intentando mejorarlas, van y suben. Si es que los humanos somos un caso…).

Respecto a cómo afectan esas habilidades no cognitivas a la hora de encontrar trabajo, una vez más tenemos que agradecer al Departamento Nacional de Investigación Económica de EEUU por los datos.

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En La creciente importancia de las habilidades sociales en el mercado de trabajo nos cuenta que tanto el aumento de oportunidades laborales como de salario se ha venido produciendo desde 1980 en áreas que requieren altos niveles de habilidades sociales y emocionales.

Por su parte, Los efectos de las habilidades cognitivas y no cognitivas en la empleabilidad y el comportamiento social expone que las decisiones en lo referente a estudios, trabajo y elección profesional están basadas en un conjunto latente – es decir, que existe y está ahí, aunque no lo notemos – de habilidades cognitivas y no cognitivas. Y añade que esas mismas habilidades (según estén desarrolladas o no) son las que estadísticamente llevan correlacionados una serie de riesgo, como embarazo y matrimonio en la adolescencia, fumar, uso de marihuana y participación en actividades ilegales.

Es decir, que gente que hace pobres elecciones educativas y laborales, va a llevar siempre riesgo asociado de más problemas… y ya hemos visto quiénes eran al final los niños con peores resultados académicos a largo plazo y actitudes menos positivas hacia la lectura, ¿verdad?

Pero si estos datos no te parecen bastante significativos por sí mismos, no te preocupes, vienen más.

4. Impacto a lo largo de la vida

Nadie lo imaginaría, pero hay estudios longitudinales (eso significa que se ha seguido a las personas durante muchos, muchos años) que comparan diferentes estilos educativos en Educación Infantil:

Schweinhart y Weickhart siguieron a tres grupos de niños en Lasting Differences: The High/Scope Preschool Curriculum Comparison Study through Age 2”, el primer grupo asistía a una escuela con currículum estructurado – fichas, básicamente –, el segundo grupo asistía a un colegio donde se permitía el juego libre y el tercer grupo a uno que mezclaba juego y algunas clases estructuradas con el maestro. El estudio sigue en la actualidad, pero a los 23 años publicaron un informe que describía cómo al cumplir los 15 años, los alumnos del grupo de aprendizaje estructurada ya daban el doble de problemas que los de los otros dos grupos. Pero es que a los 23 los resultados eran incluso más dramáticos: la tasa de arresto por delito era del 39% en el primer grupo, comparada con el 13.5% de los otros dos grupos; mientras que el 19% del primer grupo había recibido una citación judicial por asalto a mano armada, el porcentaje de los otros dos grupos era 0%.

Jhones et al, por su parte, publicaron Early Social and Emotional Functioning and Public Health: the relationship between kindergarten social competence and future wellness en julio de 2015 mostrando, tras 20 años siguiendo a un grupo de niños, que la valoración que el maestro hace de la competencia social de un niño en Infantil es un indicador consistente de cómo le irá en el futuro en temas de educación, empleo, justicia criminal, consumo de drogas y salud mental (y tú preocupándote por que hace la ‘b’ del revés…).

Y luego está el trabajo de Ken y Friedman, que siguieron a alumnos durante más de 80 años en el estudio publicado como Early educational milestones as predictors of life-long academic achievement, mid-life adjustment, and longevity. Una conclusión inesperada del estudio fue: “el inicio temprano de la escuela se relacionó con menos logros académicos, más problemas de adaptación en la madurez y, más importante, aumento del riesgo de mortalidad”. Y aquí viene lo interesante: los sujetos del estudio eran niños con altas capacidades de clase media en California.

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En resumen:

  • Empezar antes no da ninguna ventaja académica, cualquier signo de que pudiera ser así desparece pasados algunos años, y en algunos casos incluso se invierte la tendencia.
  • Retrasar el inicio de la educación formal a favor del juego resulta en una reducción en el diagnóstico del TDAH.
  • La inversión en programas de desarrollo social y emocional es rentable, ya que reduce las conductas de riesgos y los posibles costes asociados a ella (prisión, salud mental…).
  • Centrarse excesivamente en las habilidades cognitivas interfiere con otras áreas del desarrollo infantil, ya que somos un todo – intelectual, corporal y emocional – y crea elevadas posibilidades de problemas en la vida adulta.
  • Las habilidades no cognitivas han demostrado ser más fiables para predecir el futuro bienestar de una persona que aquellas académicas.

Y no, no he acabado. Pronto más…