Dentro del laberinto del TDAH

María Pérez

A finales de abril se realizó en Edimburgo un Congreso sobre Educación y Resiliencia en el que se habló, entre otras cosa, de la importancia de los primeros años de vida para desarrollar la empatía y acabar con décadas de bandas armadas, de cómo practicar un deporte fortalece mental y socialmente, de la integración de los niños como ciudadanos a través de un Parlamento Infantil y, por supuesto, de uno de los temas que más preocupa a los profesionales actualmente: el TDAH.

Uno de los momentos más reveladores de la jornada fue la visualización del documental “Four Letters Apart”*, en el que podemos seguir a tres niños diagnosticados con TDAH en un colegio de Dinamarca. Lo más llamativo de la historia es que todo comienza con un grupo de maestros de Educación Especial que se sientan a hablar, a principios de curso, alertados por el aumento de diagnósticos en esta área concreta. Deciden, entonces, contactar con el Rafael Centeret, un centro especializado en bienestar y desarrollo infantil. Jonna Jensen, médico y directora del centro, fue la encargada de mostrar los resultados después de 4 meses de terapia sensoriomotriz (en casa y en el colegio), trabajo emocional con padres e hijos, revisión de hábitos de vida (sueño, alimentación, historia clínica, etc.) y otras variables. Estos son sus números**:

Ésta es la clase de números que nos deberían dejar pensando… ¿y si hay otra forma de enfocar el TDAH? ¿Y si no nos han contado todas las posibilidades?

Creo que la realidad que enfrentan los padres y maestros puede ser muy dura a veces, creo que hay mucho por investigar todavía y creo que es posible que un porcentaje de niños no responda a este tipo de intervención. La pregunta que me surge es: ¿se ha intentado otro tipo de intervención profesional antes de medicar?

Tenemos un problema con las drogas…

Leyendo sobre el TDAH me encontré con este artículo del Director de la Unidad de Psiquiatría Infantil y Adolescente de la Universidad de Navarra en el que asegura que “es imprescindible un tratamiento médico con una medicación que ayude a mejorar los déficits en neurotransmisores en algunas zonas del cerebro”.  Ignorando por un momento los resultados arriba mencionados, me gustaría rescatar las conclusiones de un gran estudio realizado por el Instituto Nacional de Salud Mental y el Departamento de Educación de EEUU que constató que, tras 6 y 8 años, no había diferencia entre los niños que tomaron medicación y los que no.

Es más, después del documental tuvimos la oportunidad de escuchar a otra doctora y periodista de Noruega, Charlotte Lunde, que nos contaba que el 26% de los niños medicados con anfetaminas (ésa es la composición del Ritalín y los demás fármacos usados) tienen también tratamiento para dormir. El Director de la Unidad de Psiquiatría que mencionaba antes, comentaba también que no había riesgo de adicción a la medicación. Es posible que lleve razón, pero tiene otras consecuencias como acabamos de ver, y aún nos queda mucho por saber de los efectos reales de un determinado medicamento (un ejemplo reciente puede leerse en un estudio que sugiere que los antidepresivos comunes interfieren en el proceso que el cerebro utiliza para superar la depresión).

La pregunta del millón es: ¿cómo puede estar tan respaldado un medicamento con resultados tan poco convincentes?

Durante las jornadas, se repitió varias veces la relación entre la Academia Americana de Psiquiatría (AAP) y las industrias farmacéuticas. Esto es lo que se puede encontrar con un poco de inglés en Internet: una profesora de medicina de Harvard que denuncia la relación entre ambas y la AAP que se defiende diciendo que la elaboración del Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (el que decide qué es enfermedad y qué no lo es) no permite la implicación de psiquiatras que reciban más de 10.000 dólares anuales de la industria, y ningún miembro de la asociación puede tener más de 50.000 dólares invertidos en compañías farmacéuticas (pero hasta 50.000, al parecer, no hay ningún tipo de conflicto ético…).

Fuente: http://pixabay.com/

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Viendo el problema con otros ojos

Todo lo anterior intenta poner un poco de perspectiva en dos enfoques diferentes. Pero aún queda un tercero: cambiar la forma en la que vemos el problema… no viéndolo como un problema. La mayor dificultad con la que se encuentran los niños diagnosticados con TDAH es el fracaso escolar, es en lo único que el tratamiento ha resultado efectivo. Pero como dice el pediatra Carlos González en su libro Creciendo Juntos:

“el metilfenidato es un medicamento que aumenta la capacidad de atención y concentración de todo el mundo, no sólo de los hiperactivos, y por lo tanto el hecho de que alguien se concentre más al tomarlo, no prueba que estuviera enfermo”.

Otro estudio reciente de la Universidad de Florida Central reafirma que los niños con TDAH necesitan moverse para aprender (y ojalá todas nuestras enfermedades pudieran tratarse de una forma tan simple).

Teniendo en cuenta que los niveles de TDAH no paran de crecer, nos vemos en la situación de tener que elegir: medicar a un número cada vez mayor de niños o cambiar la escuela a la que van, para que sea más activa y menos abstracta. Más como la vida misma.

* La directora del documental está dispuesta a realizar una versión subtitulada al español, si alguien está interesado en promover esta iniciativa puede escribirnos y lo pondremos en contacto con ella.

** Aunque no aparece en las tablas que hemos traducido para este artículo, una de las niñas participantes recibía tratamiento para la epilepsia. Tras la intervención dejó de necesitar la medicación.